Iglesia de Nuestra SeÑora de la EncarnaciÓn

Marbella (Málaga) España
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ICONOGRAFÍA DEL NUEVO ESCUDO PARROQUIAL


En campo oval bajo el lema, "Nuestra Señora de la Encarnación, P.G.D. (por la gracia de Dios) Marbella 1485". Una cruz arbórea en la tipología dieciochesca, como eje central de la composición, Cubierta en su parte inferior central por una Paloma de la que brotan tres azucenas, tras la cruz el sol rodeado de 16 potencias.

Orlando la composición Elementos Vegetales Eucarísticos, Uva y Trigo y marinos.

El escudo quiere resaltar la cruz asi como puntos esenciales la luz que emite el sol por medio de sus rayos que simbolizan, el nuevo amanecer en la historia de la Cristiandad por la gracia del Espíritu Santo del que María Pura y Limpia encarnará y será relicario de nuestro señor Jesucristo, en la ciudad de Marbella que ha sido fiel a ella (de ahí la representación de 2 hipocampos símbolo de la fidelidad) y en la Parroquia que desde 1485 está habitada por la gracia de Dios de Nuestro Señor Jesucristo.

La cruz como eje de la composición.

La cruz, signo del cristiano

La cruz es el símbolo radical, primordial para los cristianos durante los tres primeros siglos parece que no se representó plásticamente la cruz; se preferían las figuras del Pastor, el pez, el ancla, la paloma...

Fue en el s. IV cuando la cruz se convirtió, poco a poco, en el símbolo predilecto para representar a Cristo y su misterio de salvación. Desde el sueño del emperador Constantino, hacia el 312 (con esta señal vencerás), que precedió a su victoria en el puente milvio, y el descubrimiento de la verdadera cruz de Cristo, en Jerusalén, el año 326, por la madre del mismo emperador, Elena, la atención de los cristianos hacia la Cruz fue creciendo. La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, que celebramos el 14 de septiembre, se conoce ya en oriente en el s. V, y en Roma al menos desde el s. VII.

Las primeras representaciones pictóricas o esculturales de la cruz ofrecen a un Cristo Glorioso, con larga túnica, con corona real: está en la cruz, pero es el Vencedor, el resucitado. Solo más tarde, con la espiritualidad de la Edad Media, se le representará en su estado de sufrimiento y dolor.

En nuestro tiempo la cruz, en verdad, un símbolo repetidísimo en sus variadas formas:

- La cruz que preside la celebración, sobre el altrar o cerca de él,
- la cruz procesional que encabeza el rito de entrada en las ocasiones más solemnes, y parece ser el origen de que luego el lugar de la celebración esté presidido por ella,
- las que colocamos en las habitaciones de nuestras casas,
- la cruz pectoral de los Obispos y el báculo pastoral del Papa,
- las cruces penitenciales que los Nazarenos portan sobre sus espaldas en las procesiones de Semana Santa,
- la cruz como adorno y hasta como joya, que muchas personas llevan en el cuello,
- y las variadas formas de "señal de la cruz" que trazamos sobre las personas y las cosas (en forma de bendición) o sobre nosotros mismos en momentos tan significativos como el comienzo de la eucaristía o el rito del bautismo...

En el Nuevo Testamento la paloma simboliza al Esríritu Santo. En la narración del Diluvio ella trajo un ramo de olivo al arca para indicar que el peligro del dilucio había cesado y establecía la alianza entre Dios y los hombres.

Unión y dependencia Hombre Dios.

Sol representa al Señor Jesucristo, la Luz del mundo. La luna no tiene luz propia y solo puede reflejar la luz del sol.

Cuando la luz del Sol se corta, la Luna no dará su resplandor, y la noche es oscura. Cuando la Luna no dará su resplandor el mundo es oscuro. Cuando la Iglesia no tiene luz, el mundo está en tinieblas, como lo fue durante la Edad Media antes del Renacimiento. El mundo en la oscuridad está condenado al sufrimiento y la muerte, simbolizada por el color de la Luna durante un eclipse.

Juan Carlos García Díaz

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NIÑO JESÚS EN LA CUNA

 
   

FICHA TÉCNICA

AUTOR: JUAN ALBERTO PÉREZ ROJAS.
PROMOTOR: DON JOSÉ LÓPEZ SOLÓRZANO.
FECHA: 2010.
MATERIALES: MADERA DE CEDRO, DORADA, ESTOFADA Y POLICROMADA, METAL BAÑADO EN ORO Y CRISTAL.
MEDIDAS: 60 CM. EL NIÑO JESÚS, 85x50 CM. LA CUNA.
OTROS COLABORADORES: TALLER DE ORFEBRERÍA DE JESÚS DOMÍNGUEZ Y TALLER DE DORADO DE LOS HERMANOS GONZÁLEZ.
LOCALIZACIÓN: PARROQUIA DE LA ENCARNACIÓN DE MARBELLA (MÁLAGA).

 
   

DESCRIPCIÓN

La obra está diseñada y tallada en madera de cedro por el joven escultor Juan Alberto Pérez Rojas, rondeño de nacimiento, pero afincado en Sevilla, dónde realizó sus estudios correspondientes, ampliando sus conocimientos de escultura e imaginería en el taller del profesor Juan Manuel Miñarro.

La obra se compone de dos piezas que se amoldan a la perfección, formando un todo homogéneo. Nos referimos al propio Niño Jesús y la cuna o camastro celestial. El conjunto está representado en tamaño natural, lo que ayuda en cuanto al realismo de la escena.

El Niño Jesús es de talla completa, esto es, de bulto redondo y terminado en todas su partes, por lo que la infantil anatomía del recién nacido se desarrolla correctamente para ser contemplada desde todos los puntos de vista, a pesar de que como se ha indicado antes, el Niño Jesús conforma un sólo grupo junto con la cuna, dónde descansa tiernamente. Ello también se debe en parte, a la función final que va a tener esta obra, que aunque durante todo le año se va a hallar expuesta en una vitrina de la parroquia de la Encarnación de Marbella, durante los días de Navidad el párroco de la misma lo cogerá para darlo a besar a los fieles.

No es la primera vez que Alberto trata la anatomía infantil, como lo demuestran los grupos de ángeles niños e incluso la representación de un Niño Jesús bendiciendo para una colección particular. Este último, también realizado en 2010, se trata de la representación de un Niño Jesús de pié, pero que a pesar de esa diferencia, ambos comparten una serie de paralelismos, tanto formales, como técnicos e incluso compositivos.

El Niño Jesús que nos ocupa se encuentra tumbado sobre la cuna. Su cuerpo se arquea ligeramente, recordándonos las composiciones “serpentinatas” del manierismo italiano, y que en Andalucía fueron utilizadas durante el siglo XVI y parte del XVII por maestros de la talla de Jerónimo Hernández. No podemos hablar de un claro “contraposto”, pues la imagen del Niño no está de pié, pero en el concepto de la composición está presente. De esta manera, observamos que el Niño Jesús levanta levemente su brazo derecho, con cuya mano hace el ademán de bendecir a los presentes. El brazo contrario se desarrolla en el mismo plano que su torso, apoyando delicadamente su mano sobre una cabeza de serafín, creando una pincelada de ternura e incluso anecdótica. La posición de las piernas es contraria a la de los brazos, lo que hace que aumente la fuerza compositiva y le dé movimiento a la propia imagen. Mientras su pierna diestra permanece estirada, la contraria se flexiona hacía arriba, apoyando su pie sobre una representación del orbe.

La hermosa cabeza del Niño Jesús, es de muy bella factura, inclinada levemente hacía su derecha. En ella se aprecian finas cejas, ojos de cristal, abiertos y de forma almendrada, boca pequeña y cerrada, nariz poco pronunciada y pómulos prominentes, rasgos que corresponden claramente a la de un niño de muy poco tiempo. La cabellera del Niño Jesús deja despejado todo su rostro, e incluso las dos orejas. Ésta se desarrolla a base de grandes mechones en masas, en los cuales destacan algunos planos lisos, que en mi opinión ayudan a realzar la volumetría de la misma.

La encarnación de la imagen es mate, realizada en tonos suaves, en la que destacan zonas rosáceas para destacar sus infantiles mofletes.

Respecto a la cuna celestial, apreciamos que se compone de tres tipos de elementos: la propia cama donde reposa el Niño Jesús, las cabezas de serafines y los haces de rayos.

La cuna, al igual que la imagen del Niño Jesús, está tallada en madera de cedro, posteriormente fue dorada por los Hermanos González para así realizar el sencillo estofado que se desarrolla por la misma, por el orbe y por la alas del los serafines. En la parte posterior de lo que sería la cabecera se encuentra la siguiente leyenda: “HIZO ESTA IMAGEN SIENDO PÁRROCO D. JOSÉ LÓPEZ SOLÓRZANO, EL ESCULTOR PÉREZ ROJAS. SEVILLA 2010”.

Cuatro son las cabezas de serafines que aparecen en la cuna, tres en la cabecera, formando parte de ella y una en la parte inferior izquierda, donde reposa la mano izquierda del Niño Dios. Las tres primeras imprimen fuerzan a la composición, ellas mismas crean la supuesta cabecera celestial de la cuna, enmarcan al pequeño recién nacido, lo escoltan y casi nos lo presentan. Estas cabezas comparten parecidos con la propia cabeza del Niño Jesús, sobretodo en las cabelleras, en los ojos de cristal y en las propias carnaciones. Los grupos de alas de tonos azul, rojo y dorado no siguen una pauta general, es decir se despliegan de forma aleatoria, en varias direcciones, algunas incluso saliéndose de los límites de la cuna, dejando algo abierta la composición de la obra.

La cuna y toda la obra en general se completa con 17 grupos de rayos de metal bañado en oro, realizados por el taller de orfebrería de Jesús Domínguez. Éstos forman una asimétrica y muy efectista ráfaga de luz que emana de los alrededores del Divino recién nacido. Este efecto muy barroco, de conjugar nubes con grupos de rayos y cabezas de ángeles, lo desarrolló Bernini ampliamente en algunas de sus mejores obras, y desde la propia Roma se difundió con cierta rapidez.

ICONOGRAFÍA

Ya hemos visto como el tema representado es el Niño Jesús recién nacido, en su cuna, rodeado de una corte de cabezas de serafines y emanando un gran resplandor. El tema del nacimiento de Jesús se trata muy poco en los Evangelios canónicos, sólo lo describen someramente Mateo y algo más detallado Lucas, quien apunta que nació en un pesebre y estaba envuelto en pañales. Ni siquiera queda claro dónde fue realmente el nacimiento, pues si Mateo y Lucas apuntan que fue en Belén, Lucas y Juan dan a entender que Jesús procedía de Nazaret, de ahí que se le conociera como el Nazareno. El nacimiento en Belén también tiene la lectura que fue el lugar de nacimiento del Rey David, del cual era descendiente. Es realmente en los Evangelios apócrifos dónde nos encontramos con muchísimos más detalles de la escena del nacimiento.

La escena posterior al nacimiento de Jesús, es decir, cuando reposa en el pesebre, ha sido representada en diversas escenas, todas y cada una de ellas, como adoraciones. Son conocidas desde el siglo XV las escenas de la Virgen María adorando al Niño Dios, la cual fue sustituyendo a la escena del propio alumbramiento. Igual pasa con las adoraciones de los pastores y con los Reyes Magos de Oriente, conocida como la Epifanía. En el caso de la escultura que nos ocupa, el Niño Jesús se muestra solo en la escena, siendo por tanto nosotros, los fieles, los propios adoradores del pequeño Jesús. Este tipo de Niño Jesús en la cuna, exento, parece que fue uno de los primeros modelos que arraigaron en materia devocional, y que a juzgar por el gran número que existen y que aún hoy se hacen encargos del mismo, demuestra que sigue vigente dicha devoción. En este caso el Niño está despierto y nos bendice, pero en otros duerme o simplemente descansa los dos brazos sobre su cuerpo.

El que Juan Alberto le haya colocado una ráfaga de rayos luminosos alrededor, remarca la Divinidad de Jesús desde el mismo instante de su nacimiento. El tema del Niño Jesús “luminoso”, se dio lógicamente antes en la pintura, por la mayor facilidad para dicha representación. En las Revelaciones de Santa Brígida de 1370, se dice que el Niño nació súbitamente, envuelto en una luz tan deslumbrante que eclipsaba completamente la del pequeño candil de José. Que el Niño Dios apareciera fuertemente iluminado en su pesebre, se conoce desde el siglo XI en el arte Bizantino. Pero es desde la mitad del siglo XV, cuando es el Niño Jesús el que irradia la luz a lo demás y no ser Él iluminado desde fuera. Este es el caso de la obra que comentamos.

En esta obra escultórica, destacan igualmente cuatro cabezas aladas. Como casi siempre, fue primero la pintura la que introdujo a los ángeles niños en la escena del nacimiento, sobretodo a partir del siglo XV, bajando del cielo y revoloteando alrededor del Niño Jesús. En el caso de esta obra, vemos como el pequeño Jesús es “monarca en su corte” y observamos cuatro cabezas aladas de ángeles. Deben tratarse de cabezas de querubines o serafines, que son las dos clases más altas de ángeles de la jerarquía eclesial. Ambos siempre están alrededor del trono de Dios, que en este caso se trata del humilde pesebre. Se diferencian por su número de alas, seis los serafines y cuatro los querubines. Están al servicio de Dios, pero sus orígenes se pueden rastrear desde los Kerubin babilonios.


Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación
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